Introducción. ¿Qué es la filosofía del lenguaje?
Las ciencias del lenguaje
En todas las sociedades que con el tiempo se tornaron sedentarias y
urbanizadas, con una relativa densidad demográfica y una cierta extensión
territorial, hemos visto surgir, por rudimentaria que fuera su escritura, los
embriones de cuatro disciplinas cardinales. Se trata de la matemática, la
astronomía, el derecho y la gramática. El lenguaje humano, lo que llamamos
lenguaje natural, es, desde hace mucho tiempo, objeto de prácticas
técnicas (por ejemplo, las escrituras o la argumentación codificada de la
retórica) y de disciplinas que intentan realizar su descripción. Podemos
ubicar el nacimiento de la gramática en Occidente alrededor del tercer o
segundo milenio antes de nuestra era, en el momento de la aparición de
los paradigmas gramaticales (por ejemplo, un verbo conjugado en todas
las personas) en las listas bilingües sumerio/acadio1. Muchas civilizaciones
han visto surgir tradiciones de análisis lingüístico, embrionarias (los
babilonios y los egipcios) o sólidamente desarrolladas (los chinos, los indios,
los griegos, los árabes). Debemos insistir en el hecho de que todas
estas tradiciones nacieron antes de que las civilizaciones en cuestión hubieran
dominado la escritura completamente. La reflexión lingüística occidental
proviene de la tradición griega y no alcanza su madurez hasta la
gramática de Apolonio Díscolo, en el segundo siglo de nuestra era, surgi-
1. En lo que concierne a la historia de las ciencias del lenguaje, remitimos para mayores
precisiones a la Histoire des idées linguistiques, 3 vol., Liège, Mardaga, 1989-1995. El
lector podrá encontrar puntos de referencia en la cronología razonada que constituye el
apéndice 1 de la presente obra.
12 La filosofía del lenguaje
da en forma independiente mucho tiempo después de la maduración, por
ejemplo, de la gramática india (la gramática del sánscrito de Panini data
del siglo V antes de nuestra era). Los gramáticos latinos han realizado una
transferencia de la gramática del griego a su propia lengua. Más tarde esta
gramática latina será transferida a las lenguas europeas y a otras lenguas del
mundo, acelerándose el proceso a partir del siglo XVI, con el nacimiento de
las naciones-estado europeas, la expansión occidental a través del mundo1 y
el desarrollo de la imprenta. Este proceso de gramatización de las lenguas
del mundo a partir de un núcleo teórico construido para el griego y el latín es
un fenómeno único en la historia de la humanidad2. Las otras grandes tradiciones
(India, China, mundo árabe) no han producido una transferencia masiva
semejante. Podemos comparar el proceso de gramatización y sus efectos
en el devenir de las ciencias del lenguaje con lo que ha sido para las ciencias
naturales la matematización galileo-cartesiana.
Con las tradiciones lingüísticas nacionales de la Europa del Renacimiento
nace una nueva herramienta lingüística, el diccionario monolingüe3,
que a diferencia de las listas de palabras que encontramos ya en las tradiciones
orales o en las compilaciones de la Edad Media, se esfuerza claramente
por separar la información sobre la lengua (que es su objeto) de la información
enciclopédica relativa a los seres del mundo. El diccionario monolingüe
moderno apunta entonces a una nueva funcionalidad: no tiene por objetivo ni
el incremento de los conocimientos objetivos, ni el aprendizaje de una segunda
lengua, y está dirigido a los nativos que conocen ya su lengua. Su función
no puede ser otra que la de modificar la competencia (la capacidad lingüística
de los hablantes), como si se agregase a esta competencia interna de los
individuos, elementos externos (una especie de prótesis o herramienta) que
ninguno domina naturalmente.
Tanto las gramáticas como los diccionarios modernos apuntan a proporcionar
los instrumentos que permitan comprender o producir los enunciados
de una lengua natural. Se podrían proponer otros objetivos, por
ejemplo, describir y explicar las regularidades observables en todas las
lenguas. O bien, señalar los elementos sobre los que se realizan las transformaciones
cuando las lenguas evolucionan y describir cómo se efectúa
el pasaje de una lengua a otra. El primero de estos objetivos fue persegui-
1. La primera gramática del castellano, la de Nebrija, fue publicada en 1492, fecha del
célebre viaje de Cristóbal Colón.
2. Véase S. Auroux, La revolution technologique de la grammatisation, Liège, Mardaga,
1994.
3. El Dictionaire de l'Académie Française, publicado en 1694.
¿ Qué es la filosofía del lenguaje ? 13
do por la gramática general, disciplina que remontamos emblemáticamente
a la publicación de la Grammaire générale et raisonnée (1660)
[Gramática general y razonada], escrita por el filósofo A. Arnauld y el
gramático C. Lancelot para las escuelas de Port-Royal1. El segundo ha
sido objeto, en el siglo XIX, de una disciplina universitaria llamada gramática
histórica y comparada o también lingüística2. Existe una considerable
diferencia de objetivo teórico entre este tipo de disciplina y la gramática
tradicional: ni la gramática general ni la gramática comparada tienen
directamente fines prácticos, ambas se esfuerzan por producir enunciados
empíricos, es decir, verificables (o falseables), acerca de las lenguas,
persiguiendo un interés inmediato puramente cognitivo3. En nuestros
días el término lingüística o la expresión ciencias del lenguaje (véase
la nota 2 de la página anterior) se utiliza para designar globalmente las
disciplinas (semántica4, fonética5, fonología6, morfología7, semiótica/se-
1. De hecho, la gramática general es un movimiento europeo que nace de la multipli
cación de las gramáticas de las lenguas particulares. En Francia, su apogeo corresponde a
la obra de N. Beauzée, uno de los principales autores de artículos de gramática en la Encyclopédie
de D'Alembert y Diderot (1751-1775). A comienzos del siglo XIX, bajo la in
fluencia de Kant y del idealismo alemán, algunos autores construyeron una gramática ge
neral que deduce a priori las categorías gramaticales de la estructura del entendimiento.
Los lingüistas reaccionaron violentamente ante este proyecto que Husserl retomará. Véase
el apéndice 1.
2. Esta palabra comenzó a utilizarse en francés en 1812, a partir de un modelo alemán
aparecido algunos años antes; su empleo se generalizó a partir de 1840. Inicialmente de
signaba, como la gramática o filología comparada, el estudio de las relaciones genéticas
entre las lenguas. Más tarde (alrededor de los siglos XIX-XX) pasó a designar al conjunto
de las ciencias del lenguaje, incluida la gramática. En este uso, conserva una connotación
muy normativa, dado que comprende la idea de que la lingüística es una disciplina unitaria
y autónoma, cuyos criterios de cientificidad son semejantes a los de las ciencias naturales.
Frente a esta pretensión positivista, y para señalar la heterogeneidad y la multiplicidad de
los enfoques, existe la tendencia, hoy en día, de utilizar la expresión ciencias del lenguaje.
3. Es este interés el que permite calificarlas como ciencias.
4. Ciencia de los significados lingüísticos (véase el capítulo 3) y, por extensión, cien
cia que permite la interpretación de todo sistema simbólico (principalmente los sistemas
formales de la lógica, véase Sintaxis y Semántica en el Apéndice 2.).
5. Ciencia de los sonidos del lenguaje.
6. Este estudio que tomó forma de disciplina alrededor de los siglos XIX y XX, trata
del aspecto funcional, es decir distintivo, de los sonidos articulados por los seres humanos
en su actividad lingüística. Un fonema no es un sonido sino la matriz de rasgos que, en
una lengua, se utilizan para distinguir las unidades portadoras de significación. Reconoce
mos los rasgos distintivos de los fonemas, principalmente, porque dentro del mismo entor
no fónico permiten distinguir por lo menos dos elementos del léxico (prueba de pares mí
nimos: por ejemplo, en español, la oposición sorda/sonora de los fonemas labiodentales
permite distinguir entre toma y doma).
7. Estudio de la estructura de las formas lingüísticas (por ejemplo, las reglas de composición,
y de derivación de los elementos léxicos). El término morfología es un neologismo
del siglo XIX, utilizado primero en biología y en geología. El dominio de la disciplina
existe desde la Antigüedad, pero hasta el siglo XIX se le dio el nombre de etimología.
14 La filosofía del lenguaje
miología (véase el capítulo 3), sintaxis1, análisis del discurso, etc.) que
abordan cualquiera de los aspectos del lenguaje natural desde esta perspectiva.
Se trata de lo que podemos llamar el conocimiento positivo de las
lenguas naturales y de la facultad del lenguaje. Es necesario agregarle enfoques
más interdisciplinarios como la psicolingüística, la sociolingüística
y el estudio de las patologías del lenguaje.
La indeterminación del campo de la filosofía del lenguaje
La filosofía del lenguaje no corresponde a una unidad conceptual
muy clara, aún cuando esta expresión esté incluida en la descripción de
programas universitarios o de lugar a títulos de obras. Podemos usarla
para designar cosas bastante diferentes:
i) Las reflexiones sobre la naturaleza del lenguaje que encontramos
antes de la aparición de las tradiciones lingüísticas positivas y autónomas
(por ejemplo, en los presocráticos, en Platón, Aristóteles o los estoicos).
Podemos notar que la tradición lingüística occidental tiene sus fuentes en
los filósofos que comenzaron a distinguir las clases de palabras (nombres
y verbos, onoma y rhêma en Platón y Aristóteles) debido a las necesidades
de una teoría de la argumentación. Como el lector puede constatar
consultando la cronología del apéndice I, la particularidad de la tradición
occidental consiste en el orden de aparición de las disciplinas: encontramos
primero la lógica y la retórica, luego la gramática, a la inversa de lo
que ha pasado en otras partes donde la gramática siempre aparece primero2.
Esta situación debe relacionarse con la organización del saber que se
estructura entre los siglos V y VI antes de nuestra era que otorga un lugar
central a la filosofía, disciplina que no encontramos bajo esta forma y con
ese lugar en las otras tradiciones.
ii) Las concepciones acerca del lenguaje que encontramos en las
obras de autores conocidos como filósofos (hablamos de la filosofía del
1. Etimológicamente, la sintaxis designa el estudio de la forma en que las palabras en
tran en construcción para formar un enunciado. Los lógicos desarrollaron la técnica que
consiste en representar las fórmulas con la ayuda de letras; en este contexto, llamamos sin
taxis al conjunto de reglas concernientes a las fórmulas cuyas letras no son interpretadas
(véase el apéndice 2). La lingüística moderna ha seguido este camino. Al estudiar la forma
en que podían organizarse las diferentes categorías en el enunciado antes de su realización
bajo la forma de elementos léxicos, ha desarrollado la tesis tan controvertida de la autono
mía de la sintaxis.
2. Una excepción: el caso de China, donde la tradición autóctona nunca desarrolló, en
base a su propia herencia, la gramática como disciplina.
¿ Qué es la filosofía del lenguaje ? 15
lenguaje de Platón, de Hegel, de Heidegger, etc.). Se trata, a menudo, de
observaciones inconexas.
iii) Las reflexiones que apuntan a explicar la naturaleza del lenguaje
y su papel en la experiencia humana con un objetivo fundante. K. O. Apel
explica lo que, en este caso, distingue el enfoque científico del filosófico:
[la filosofía del lenguaje] no se limita a sistematizar el dominio de la investigación
de la ciencia empírica del lenguaje, o a sintetizar [...] los resultados
de esta ciencia empírica1.
La filosofía del lenguaje deviene una filosofía primera y hace de la
lengua "una entidad trascendental en el sentido en que lo entiende Kant"
(Apel, loc. cit.). Se trata, pues, de explicar de una vez por todas cuáles son
las condiciones de posibilidad del lenguaje humano y de qué forma esto
caracteriza el hecho de ser hombre. Reconocemos aquí el trabajo de toda
la tradición fenomenológica surgida de Husserl. Una de las características
de esta tradición es la de pensar que las disciplinas positivas no son aptas
para proporcionar respuestas a este tipo de problemas. Sostiene firmemente
la idea de que la filosofía —sobre cualquier objeto que se aplique—posee
una tarea autónoma. Notaremos que los trabajos de Husserl han tenido una
cierta importancia para el conocimiento positivo de las lenguas. Plantearon
claramente la cuestión del papel de la intencionalidad en nuestra actividad
lingüística (véase el capítulo 6).
iv) Un cierto número de discusiones técnicas resultantes de las representaciones
de los desarrollos y de las discusiones de los sistemas lógicos
(considerados como sistemas lingüísticos artificiales y abstractos), tal
como fueron construidos a partir de fines del siglo XIX (Frege) y a comienzos
del XX (Russell). Se ha planteado, por ejemplo, la cuestión de
saber en qué consiste el significado de un nombre propio (es decir de un
nombre en sentido propio, que designa a un individuo), si es necesario admitir
que la proposición es una entidad diferente de su realización lingüística,
o también si es correcto reducir el significado de una expresión al
conjunto de las condiciones que la hacen verdadera. Este tipo de enfoque
está bastante próximo de las reflexiones positivas sobre el lenguaje, con la
diferencia fundamental de que nunca toma en cuenta la realidad de la diversidad
de las lenguas naturales. Se trabaja sobre una sola lengua, a la
1. Die Idee der Sprache in der Tradition des Humanismus von Dante bis Vico, Bouvier,
Bonn, 1963: 22.
16 La filosofía del lenguaje
que se concibe como realizando propiedades universales (en general el inglés),
o bien sobre fragmentos de lengua artificial; dicho de otro modo, tomamos
por objeto el lenguaje en general, no las lenguas. Cuando nos refiramos
a esta tradición, desarrollada esencialmente en los países anglosajones,
hablaremos de la filosofía analítica del lenguaje.
v) Una disidencia importante de la corriente precedente, surgida de
la segunda filosofía de Wittgenstein y de la crítica a Russell realizada por
Strawson (1950), se ha negado a abordar los sistemas abstractos de la lógica
formal para desarrollar, en cambio, una filosofía del lenguaje ordinario.
El lenguaje ordinario es el lenguaje que hablan los hombres cotidianamente,
haciendo abstracción de toda formalización. Desde Francis Bacon
hasta Carnap, pasando por Locke, Leibniz y Condillac, muchos son
los filósofos que han denunciado el abuso de las palabras (los errores que
se originan cuando los hombres dan por sentado que a todas las palabras
de su lengua les corresponden entidades reales o conceptuales) y la inadecuación
de las lenguas cotidianas. Los filósofos del lenguaje ordinario toman
la posición contraria, aunque algunos de ellos podrían quizá ser moderadamente
reformistas. Su esperanza es que un análisis minucioso del
lenguaje ordinario permita acceder a los conocimientos incluidos en su
uso. El proyecto rebasa la exploración de la naturaleza del lenguaje. Para
autores como Austin, no debiera realizarse ninguna reflexión filosófica sin
haber analizado las expresiones del lenguaje ordinario que conciernen al
problema considerado. Esta orientación corresponde a lo que Rorty ha llamado
el linguistic turn1, el giro lingüístico en filosofía.
El proyecto de la filosofía del lenguaje ordinario se resume, entonces,
en dos tesis: una sobre la importancia del lenguaje ordinario y su especificidad,
la otra sobre el método filosófico. La primera es una tesis filosófica
entre otras (relativamente trivial) y la segunda no nos concierne
directamente en esta obra. Señalamos, simplemente, que el análisis de,
por ejemplo, las expresiones lingüísticas concernientes a la percepción no
es, sin duda, el método más adecuado para comprender el mecanismo de
esta actividad humana. La filosofía lingüística ha producido, sin embargo,
un cierto número de análisis importantes, particularmente a partir del redescubrimiento
de Austin del papel de los performativos, los enunciados
1. En 1967, R. Rorty publicó una antología con el título The Linguistic Turn. Recent
Essays in Philosophical Method, The University of Chicago Press (El giro lingüístico,
Barcelona, Paidós, 1990), donde se recogen los textos esenciales de los autores de la tradición
lingüística en filosofía.
¿Qué es la filosofía del lenguaje ? 17
cuya enunciación basta para realizar lo que significan (por ejemplo, "Declaro
abierta la sesión", "Yo te maldigo", etc.).
vi) Una tendencia, cuantitativamente no despreciable, ve en la lingüística
general1 lo esencial de la filosofía del lenguaje. La lingüística general
es un proyecto, nacido en el último tercio del siglo XIX, para reducir
la diversidad de los conocimientos positivos concernientes a las lenguas
humanas a un número restringido de principios firmes y seguros. El
lingüista danés L. Hjelmslev, define así este proyecto en un texto redactado
durante la última guerra mundial, pero publicado recién en 1963:
Debemos poder concebir una ciencia que no represente al lenguaje tan sólo
como un conglomerado de elementos lógicos, históricos, fisiológicos, físicos,
psicológicos y sociológicos, sino que conciba, antes que nada, al lenguaje en sí,
como una unidad autónoma, una totalidad de naturaleza particular2.
La idea de que la lingüística general sea una "ciencia" autónoma es
muy discutible, principalmente porque ello supone que la lingüística también
lo es. Frecuentemente designamos con este nombre a un enfoque global
de los principios más generales que se utilizan en la construcción positiva
del conocimiento de las lenguas y de la facultad del lenguaje. La célebre
obra de O. Jespersen, La filosofía de la gramática (original inglés,
1924), es un tratado de lingüística general concebido en este sentido.
vii) Un enfoque reflexivo de un cierto número de cuestiones surgidas
en las ciencias del lenguaje y que no encuentran allí respuestas unívocas.
Se puede calificar este campo de filosofía de la lingüística. Su aparición
supone no sólo una cierta madurez teórica de los conocimientos positivos
(una gramática pedagógica rara vez plantea problemas en este nivel, y si
lo hace, falla en su objetivo pedagógico), sino también una separación clara
entre el conocimiento positivo y la reflexión filosófica, que no puede
provenir más que de la autonomía universitaria de la primera (la gramática
especulativa medieval o la gramática general trataban directamente sus
problemas reflexivos).
Uno de los primeros grandes textos de este tipo es la obra, injustamente
desconocida, del lingüista V. Henry, titulada Antinomies linguistiques
(1896). Este especialista de la lingüística indoeuropea intenta abor-
1. Por ejemplo, en el Curso de lingüística general, de F. de Saussure, publicado por
sus alumnos en forma postuma, en 1916.
2. Le langage, París, Editions de Minuit, 1966: 25.
18 La filosofía del lenguaje
dar los problemas cruciales de la gramática comparada (la delimitación de
una lengua, la relación del lenguaje y el pensamiento, la cuestión del origen
de las lenguas) mostrando la justificación de una tesis y su antítesis,
según el modelo elaborado por Kant, en la Crítica de la razón pura, acerca
de la estructura del mundo natural (la primera antinomia kantiana, por
ejemplo, se refiere al carácter finito o infinito del mundo). Encontramos
un giro similar hacia la positividad de los conocimientos lingüísticos en el
primer tomo, dedicado al lenguaje, de la Philosophie des formes symboliques
(1922) del filósofo E. Cassirer.
El desarrollo de la gramática generativa ha dado lugar en los últimos
veinte años a una importante renovación de la filosofía de la lingüística;
en su obra dedicada en la Filosofía del Lenguaje (original alemán en
1964), J. J. Katz se expresa claramente a este respecto:
La búsqueda filosófica comienza por [la] necesidad de comprender la naturaleza
de los sistemas conceptuales. La filosofía toma por objeto los sistemas
conceptuales desarrollados por los científicos, los matemáticos, los críticos
de arte, los moralistas, los teólogos, etc. e intenta explicar y clarificar
como deben ser estos sistemas, a fin de volverse plenamente comprensibles.
Los filósofos realizan esta tarea mediante la descripción de la estructura de
estos sistemas conceptuales, el análisis de los métodos mediante los cuales
llegan a sus metas y la evaluación de la validez de sus pretensiones. La descripción,
análisis y evaluación de los sistemas conceptuales particulares en
diferentes disciplinas universitarias son realizados, hoy en día, por diferentes
ramas de la filosofía: la filosofía de las ciencias, la filosofía de la matemática,
la filosofía del arte (estética), la filosofía de la moral (ética), la filosofía
de las religiones y así siguiendo.
(La philosophie du langage, París, Payot, 1971:14)
Desde esta perspectiva1, que podemos considerar la de la filosofía
del genitivo o filosofía del dominio2, la filosofía recupera un papel crítico
1. Katz la había adoptado en 1962; en esa época, él concebía, incluso, que la filosofía
del lenguaje debía reducirse a la filosofía de la lingüística. En la obra citada, rechaza esta
posición por distinguir entre la filosofía del lenguaje y la filosofía de la lingüística; la labor
Je la primera sería explorar la relación estrecha entre la forma y el contenido del lenguaje
y entre la forma y el contenido de la representación. Se trata de un objetivo tradicional de
la filosofía del lenguaje (véase más adelante, sobre las relaciones pensamiento/lenguaje);
en la medida en que Katz respeta siempre el principio de discutir a partir del estado del
arte, podemos poner en duda que su filosofía del lenguaje sea otra cosa que una parte de la
filosofía de la lingüística. De todas formas, se trata de un campo singularmente estrecho en
relación con la rica historia de la filosofía del lenguaje.
2. E. Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas, F.C.E., México, 1971; cf. S. Auroux,
Barbarie et philosophie, París, PUF, 1990: 174, 184, 190.
¿ Qué es la filosofía del lenguaje? 19
esencial. Tomemos un ejemplo simple. Chomsky define el lenguaje como
el conjunto de las reglas interiorizadas por un sujeto que sería un hablante/
oyente ideal; estas reglas (=lenguaje interno, concebido en comprensión)
serían capaces de generar una infinitud de frases (= lenguaje externo,
concebido en extensión). Podemos repetir esta definición como si se
tratara de una "verdad científica", perfectamente estabilizada. Pero podemos
también interrogarnos sobre el significado del infinito así introducido
y sobre su legitimidad. Para permanecer dentro de la filosofía de la lingüística,
este tipo de interrogantes debe obedecer dos condiciones: a) las
preguntas deben provenir del campo de los conocimientos positivos (sean
explícitas o no); b) las respuestas consideradas deben respetar la positividad
de los conocimientos producidos, es decir, no romper el contacto con
ellos. Por otro lado, importa poco saber si quien trata estas cuestiones es
un filósofo o un lingüista.
viii) Encontramos algunas veces bajo el título de filosofía del lenguaje
introducciones enciclopédicas que retoman confusamente las concepciones
generales sobre el lenguaje provenientes de las disciplinas positivas,
las referencias a los filósofos antiguos y a las discusiones fundadoras,
las observaciones históricas sobre el desarrollo de las ciencias del lenguaje,
etc. Es, para nosotros, un enfoque que es necesario erradicar decididamente.
O la filosofía del lenguaje recibe una definición clara y distinta
o no es más que un conjunto de generalidades y, si es así, no vale la
pena que dediquemos nuestro tiempo e inteligencia a este campo.
Es evidente que estas formas de abordar la filosofía del lenguaje no
constituyen compartimientos estancos y que una misma obra puede participar
de varias de ellas. Todo depende, entonces, de la idea que uno pueda
hacerse de la filosofía y de su relación con el conocimiento positivo.
Un enfoque problematológico
Todo conocimiento es una respuesta a un problema (o, como se dice,
a una pregunta). Algunos problemas son formulables de forma tal que es
suficiente aplicarles un procedimiento conocido para llegar a una respuesta.
Dada la pregunta: ¿ Cuál es el máximo común divisor de los números
455 y 1045? Se trata de una pregunta simple que los escolares saben resolver
con la ayuda de un algoritmo atribuido a Euclides. Comenzamos
dividiendo 1045 por 455, obtenemos 2, con un resto de 135. Dividimos
455 por 135, obtenemos 3, con un resto de 50. Dividimos 135 por 50, obtenemos
2 con un resto de 35, etc. Continuando hasta que la división sea
20 La filosofía del lenguaje
imposible, obtenemos, finalmente, 5. Retornaremos muchas veces en este
libro a la noción de algoritmo (véase en particular el apéndice 2). Lo que
nos interesa en este momento es la noción de problema. Existen, entonces,
problemas en los que es suficiente aplicar un método conocido para obtener
una respuesta en un número finito de pasos. Se trata de los problemas
más simples a los que responde el conocimiento positivo. Todos los problemas
no son de esta clase. Para algunos no hemos encontrado un método
general y para otros sabemos que no existe un método general de resolución.
Pero hay también problemas muy curiosos, como (a) y (b):
(a) Juana (Pedro) recorre la distancia de París a Roubaix en bicicleta, a
una velocidad media de 18 km/h, ¿qué edad tiene?
(b) Pedro (Juana) va de compras; compra 1 kg de manzanas a 2 pesos y 3
kilos de azúcar a 1 peso el kilo. ¿Cuánto dinero le queda?
Notamos en seguida una incoherencia en el problema (a) entre los
datos y la pregunta formulada: ambos no tienen relación. Se trata de un
problema absurdo. No es siempre fácil saber cuándo un problema es absurdo
o no. En (b), simplemente se ha olvidado indicar la suma de dinero
disponible al inicio. Se puede considerar que estos problemas están formulados
de forma incompleta o no saturada. Para poder tratar un problema
no saturado, es necesario "saturarlo", es decir, aportar los elementos
que permitan resolverlo. Podemos decir que los problemas filosóficos se
parecen a los problemas no saturados del tipo (b), excepto que disponemos
de muchas formas de saturarlos, y en cada caso la solución cambia.
Si conociéramos una sola forma de saturar y una sola solución, no estaríamos
más dentro de la filosofía sino dentro del conocimiento positivo1. En
el fondo, toda persona que se dedica seriamente a la filosofía busca saturar
los problemas para darles solución, dicho de otro modo, lo que busca
alcanzar es el conocimiento positivo. En principio, no hay, entonces, diferencia
radical de enfoque entre la investigación filosófica y la investigación
científica.
1. El lector habrá notado que empleamos bastante seguido las expresiones "conocimiento
positivo" y "positividad". Se trata de un concepto filosófico tradicional que tiene
su origen en las oposiciones bien conocidas del derecho positivo y el derecho natural, de
la religión positiva y la religión natural. La positividad es lo que existe como tal en su facticidad
(en nuestro caso, las ciencias del lenguaje); se distingue tradicionalmente de un enfoque
reflexivo y racional de tipo filosófico. El empleo del concepto no presupone una relación
entre los términos de la oposición (nuestra tesis es que no hay discontinuidad verdaderamente
asignable). No debemos confundir este concepto con el de positivismo, que designa
una doctrina filosófica sobre la que regresaremos en nuestra conclusión, a fin de
mostrar sus límites.
¿ Qué es la filosofía del lenguaje? 21
La notable inconexión que hemos advertido al examinar los dominios
que podían presentarse como filosofía del lenguaje desaparece si
adoptamos un punto de vista que intente separar los problemas a resolver.
Cualquiera sea la orientación analizada en los puntos (i) a (vii), siempre
puede ser vinculada en su desarrollo y sus esfuerzos intelectuales con los
siguientes problemas:
—la naturaleza del lenguaje y su relación con la humanidad; ¿los de
más animales hablan? ¿el lenguaje supone entidades intenciona
les (ideas, significados), incluso alguna propiedad específica del
espíritu humano (la intencionalidad)'? ¿cuál es el origen del lengua
je? ¿cómo es que hablamos? A este tipo de preguntas hay que
añadir
otras que aparecieron recién en el siglo XVIII: conciernen a la natu
raleza de la escritura y su relación con el lenguaje.
—el lenguaje y el pensamiento; ¿podemos pensar sin el lenguaje?
¿el pensamiento es un lenguaje interior? ¿los conceptos generales
no son más que palabras?
—el lenguaje y la realidad; ¿qué significan los diferentes elementos
de nuestras lenguas? ¿un término aislado puede ser verdadero?
¿la verdad de lo que decimos depende de las palabras de que dis
ponemos para decirlo?
Por supuesto, estas preguntas son demasiado generales para definir
la filosofía del lenguaje como disciplina intelectual. Sólo indican un campo.
En este dominio las preguntas se construyen y especifican constantemente,
y reciben, incluso, formulaciones que requieren un cierto adiestramiento
y trabajo para reconocerlas. Pero no es absurdo considerar que
tengamos, por extensión y haciendo abstracción de toda especificación
histórica y doctrinaria (¡dudamos de que la cuestión del lenguaje y el pensamiento
no haya sido formulada en los mismos términos por Aristóteles
y Chomsky!), una presentación suficiente de nuestro objeto. Nos resta, sin
embargo, aportar algunas precisiones acerca de (iii), (iv), (vi) y (vii).
Cuando en la actualidad tratamos, como filósofos, los problemas no saturados
concernientes a nuestro conocimiento de la naturaleza (por ejemplo,
cuando nos planteamos la cuestión de saber si el universo es cerrado o no),
abordamos la filosofía de la física. No imaginamos, ni por un instante, que el
filósofo pueda tener un acceso directo, por sus propios métodos, al conocimiento
del mundo, como lo preconiza la filosofía de la naturaleza que encontramos
en los idealistas alemanes Hegel, Fichte o Schelling. ¿Cómo podemos
explicarnos que la filosofía del lenguaje no haya cedido paralelamente
22 La filosofía del lenguaje
el lugar a una filosofía de la lingüística? ¿Qué debemos pensar del proyecto
autónomo descripto en (iii)?
Aunque (iv) no plantea el mismo problema y se apoya sobre técnicas
lógicas probadas, podemos, sin embargo, preguntarnos si es legítimo construir
una filosofía del lenguaje que no pase por el estudio del lenguaje natural,
es decir, por las disciplinas científicas que se dedican a este objeto.
Concerniente a (vi), notaremos que la lingüística general es la determinación,
por la lingüística, de su propio programa de investigación y de
la naturaleza del lenguaje siempre y cuando se someta a este programa. La
lingüística general es absolutamente libre de escoger los problemas que
desee tratar y de rechazar otros (por ejemplo, considera que la cuestión
del origen del lenguaje no es de su incumbencia). Es claro, entonces, que
no podría sustituir a una filosofía del lenguaje que espera adoptar los problemas
que acabamos de plantear.
Si adoptamos la posición(vii), es evidente que restringimos indebidamente
el campo de la filosofía del lenguaje y que dejamos de lado áreas
completas de la reflexión filosófica sobre el lenguaje. No deberíamos, entonces,
contentarnos hoy en día con adoptar nuestro recorte del territorio y
elegir uno de estos sectores. Debemos trabajar sobre la hipótesis de una
unificación del campo.
El objeto de este libro
La reflexión sobre estos puntos, pocas veces abordados en la literatura,
es lo que ha determinado el plan y la elección de los temas tratados en
este libro. Somos perfectamente conscientes, al momento de terminar esta
obra, de haber expuesto la filosofía del lenguaje de una forma no convencional.
En particular, le hemos dado una extensión que no encontramos en
los manuales más conocidos, todos los cuales efectúan una elección entre
las diferentes concepciones posibles. La elección más frecuente se efectúa
según una dicotomía entre:
—una tendencia fundamentalmente europea (incluso continental)
que privilegia un enfoque basado en un agregado de las concep
ciones i, ii y iii. A ella se une, a menudo, una crítica esencial a las
ciencias del lenguaje que serían, por definición, incapaces de com
prender la naturaleza de su objeto;
—una tendencia fundamentalmente anglosajona que privilegia las
concepciones iv, v y vii.
¿ Qué es la filosofía del lenguaje? 23
No hemos querido renunciar a nada, ni a Derrida, ni a Heidegger, ni
a Lacan, pero tampoco a Carnap o Chomsky, ni por supuesto a Platón o
Aristóteles. Nuestro objetivo es, en cierto modo, proporcionar una topografía
de todo el campo. Deseamos mostrar al lector qué forma tendría
una filosofía del lenguaje sin solución de continuidad con la filosofía de la
lingüística y, en consecuencia, con el conocimiento positivo de las lenguas.
Hemos, entonces, optado por una presentación mediante grandes
preguntas y problemas. Sin embargo, las preguntas que se plantea una filosofía
de la lingüística se relacionan esencialmente con el estado del saber.
Nuestro objetivo no es abordarlas en su aspecto más técnico. Deseamos
solamente presentar al lector una obra que muestre cómo ciertas preguntas
recurrentes pueden ser transformadas, aunque permaneciendo,
aproximadamente, en el mismo dominio; en forma accesoria, presentamos
las soluciones posibles. En este sentido, permanecemos dentro de los límites
de un manual de referencia de la filosofía del lenguaje, manual que
deseamos destinar tanto a un estudiante de filosofía como a uno de lingüística,
y a todos aquellos que, tarde o temprano, confrontarán los problemas
del lenguaje.
Uno de los problemas que hemos debido enfrentar es el lugar que se
debe dar a la historia de la reflexión lingüística. Por un lado, la filosofía
del lenguaje no debiera ser un catálogo de teorías dispuestas cronológicamente.
Por lo demás, nuestra aproximación decididamente problematológica
nos impedía este defecto. Hemos privilegiado resueltamente la modernidad.
Pero, por otro lado, la ausencia de preocupaciones históricas encierra
una visión insuficiente del presente; en cada etapa nos arriesgamos
a reinventar el camino y a presentar en una forma ingenua los viejos problemas
y los modelos de saturación clásicos como novedades. Aunque la
historia no es, en sí misma, el objeto de nuestra exposición, recurrimos a
ella frecuentemente y ella constituye el marco de nuestra reflexión. La
cronología comentada del apéndice 1 permitirá al lector informarse, al
mismo tiempo que tener una idea global ausente con frecuencia.
Por supuesto, a pesar de nuestras preocupaciones pedagógicas, hemos
intentado no ceder nada en el dominio de la exactitud y de los contenidos
técnicos. Las dificultades no serán las mismas para diferentes clases
de lectores. Para los no filósofos, los capítulos 3,4 y 5, especialmente, parecerán,
quizá, arduos, los filósofos tendrán que habituarse a manipular
conocimientos a los que no están necesariamente habituados, en particular
en los capítulos 8, 9 y en el apéndice 2. En este último hemos concentrado
las observaciones concernientes a la matematización de las ciencias del
24 La filosofía del lenguaje
lenguaje y los problemas que plantea hoy día, en lugar de colocarlo como
capítulo del texto principal. Esto significa que el lector puede, en un primer
momento, no leerlo o abordarlo en forma separada.
Dejando de lado algunas alusiones, nos hemos limitado intencionalmente
a la tradición occidental. Esto no constituye una negación de la importancia
de la filosofía comparada, incluyendo la necesaria toma de conciencia
de la diversidad de formas en que las diferentes civilizaciones reflexionaron
acerca del lenguaje. Insistimos en esta diversidad, en cuanto
al origen de las tradiciones, en el apéndice 1. Por lo demás, pensamos que
es más fácil para el lector comenzar por abordar de frente una sola tradición.
Al mismo tiempo, explicamos los términos técnicos; el lector podrá
orientarse más fácilmente gracias al índice de temas. La bibliografía, finalmente,
permitirá al lector ir más allá de las informaciones y cuestiones
tratadas en el texto. Hemos privilegiado las obras en francés; las numerosas
referencias indispensables a artículos y obras en otras lenguas que no
son el francés se mencionan en la medida de su discusión.
Antes de concluir esta introducción, nos resta decir una palabra sobre
nuestras propias elecciones teóricas. Es en vano engañarse, nuestra
exposición testimonia un cierto tipo de elección. El lector verá que nuestras
simpatías se inclinan más hacia la asignación de un lugar central a la
filosofía de las ciencias del lenguaje en la filosofía del lenguaje, que hacer
de esta última una filosofía primera. No proponemos siempre soluciones a
los problemas presentados, pero cuando lo hacemos tomamos partido indudablemente.
No vemos como hacerlo de otra forma, si queremos evitar
una obra chata y aséptica. No tememos asumir una cierta originalidad, incluso
al punto de presentar una visión casi inédita (cf. nuestro capítulo sobre
la automatización del lenguaje o el último capítulo sobre la ética lingüística).
Tampoco es inocente el intento de unificar el campo de la filosofía
del lenguaje. No creemos que ello pueda perjudicar el objetivo pedagógico
de realizar una introducción a la filosofía del lenguaje. En primer
lugar, hemos intentado presentar honestamente el máximo de puntos de
vista. El objetivo principal es lograr que se comprenda que ocupándonos
de la filosofía del lenguaje nos ocupamos de un sector fundamental, central
incluso, de la reflexión filosófica, difícil y técnico en verdad, pero que
se encuentra en pleno desorden y que requiere de nuevas contribuciones.
A continuación, invitamos al lector a no creernos una sola palabra, aunque
presentemos argumentos en tal o cual dirección. Debe, por el contrario,
ser escéptico, buscar contradecirnos y encontrar nuestros defectos. Es en
este contexto que la cantidad de informaciones que hemos reunido y dis¿
Qué es la filosofía del lenguaje? 25
cutido dará verdaderamente su fruto: la filosofía no es ni un "prêt a penser"
[listo para pensar], ni una presentación de doctrinas estandarizadas,
¡consiste antes que nada en incitar a la reflexión!
Agradecimientos
Durante la elaboración de este libro nos hemos beneficiado de las observaciones
críticas a las diversas versiones del manuscrito que nos hicieron B.
Colombat, M. Cori, A. Daladier, S. Laugier, J. Léon e I. Rosier. H. Sinaceur
ha leído atentamente el capítulo 10; debemos a P. Roulon varios ejemplos
inéditos del capítulo 5. E. Lazcano nos ha dado apoyo como documentalista
especializado, y debemos a J. Arpin varias ideas sobre la presentación del
manuscrito. Somos igualmente deudores de las discusiones con numerosos
investigadores del Laboratorio de historia de las teorías lingüísticas, de la Universidad
París 7 (URA 381 del CNRS), en particular con J. Guilhaumou y F.
Maziére. Agradecemos, igualmente, los múltiples intercambios con los etnolingüistas
E. Bonvini y F. Queixalos. Sin la participación generosa de todos, no habríamos
podido, ciertamente, llevar a cabo nuestra tarea. Por supuesto, aceptamos
la responsabilidad exclusiva por nuestros errores, nuestras debilidades y
nuestras elecciones teóricas.
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